En sus inicios, Freud hizo hincapié en un modelo topográfico de la mente, que distinguía entre contenidos inconscientes perturbadores y elementos conscientes. Luego, fusionó este modelo con uno estructural que incluía tres componentes: el ello, reservorio de impulsos inconscientes; el superyó, que contiene demandas morales y sociales; y el yo, mediador entre impulsos del ello y demandas del superyó, con aspectos conscientes e inconscientes.
Freud postuló que en terapia, el terapeuta se convierte en un objeto de repetición de relaciones pasadas significativas, y que los pacientes a menudo presentan resistencias en las asociaciones libres y en el proceso terapéutico. Esta resistencia resulta de mecanismos de defensa contra ideas conflictivas y prohibidas. Identificó dos pulsiones fundamentales: la pulsión de vida, orientada hacia el placer, y la pulsión de muerte, asociada a agresión y poder. Estas pulsiones dan lugar a conflictos en el desarrollo psicosexual del niño, que según Freud y muchos analistas posteriores, determina la personalidad adulta.
En la década de 1920, el psicoanálisis se expandió con contribuciones de teóricos como Alfred Adler, Carl Jung, Otto Rank y Theodore Reich. Adler introdujo la idea de que la neurosis se origina en el sentimiento de inferioridad, relacionado con relaciones familiares disfuncionales. Jung enfatizó el self como concepto psicológico y destacó la influencia del contexto y la espiritualidad en el inconsciente. Jung también desarrolló el test de asociación de palabras, una herramienta temprana para evaluar conceptos psicoanalíticos.
Además de las ideas de Freud, se desarrollaron escuelas como la psicología del yo, las relaciones objetales, la teoría del apego, la psicología del self, la psicología interpersonal y el psicoanálisis relacional.

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